Pare, ¿qué hacemos ahora?

(Por Moisés S. Palmero Aranda Educador Ambiental) Hace 53 años, en 1973, un joven poeta, hoy convertido en un sabio de las palabras, las emociones y la razón, que ya nos había recordado la importancia de las cosas pequeñas, Joan Manuel Serrat, componía y cantaba en catalán, Pare. Un poema donde un niño le preguntaba a su padre: “Dígame, ¿qué le han hecho al río, que ya no canta?”, “¿Qué le han hecho al bosque, que no hay un árbol?”.

Penas, remordimientos, advertencias y preguntas sin respuesta, lanzadas al viento en una época donde vivíamos en blanco y negro, y que el tiempo ha ido moviendo de un lado a otro, amplificando y haciéndolas resonar cada vez más fuerte, convirtiéndolas en un torbellino de ideas y términos confusos que lo han complicado, contaminado y pervertido todo. Para dividirnos, enfrentarnos y que perdamos el tiempo discutiendo si existe o no el cambio climático, o si hemos sido nosotros quienes lo hemos provocado, o si estamos en una emergencia, un punto sin retorno o aún podemos solucionarlo o minimizar sus consecuencias.

Mientras, por desgracia, porque no la tenemos, seguimos sin darles una respuesta clara, sencilla y directa a nuestros hijos, a esos locos bajitos, como también cantaba Serrat, a los que vamos transmitiendo nuestras frustraciones, miedos, rencores y dioses. Incapacidad que, avergonzados, nos obliga a callar y llorar en silencio, de rabia e impotencia ante ellos, como le ocurre al padre interpelado en el poema, dejándolos caer resignados en el torbellino, alimentando al minotauro que nos persigue por un laberinto del que no podemos escapar.

A ellos les encomendamos el futuro, la solución a los problemas que hemos creado y que no hemos sabido ni querido solucionar. Confiamos en la tecnología, en la inteligencia artificial, en que aparezca un Teseo que nos libere de la bestia, o que, por arte de magia o la intervención divina, la tormenta deje de soplar. Se nos olvida lo más importante: ellos, más que futuro, son presente, y más que con la palabra, debemos educarlos con el ejemplo, desde y por la tribu, el grupo, la comunidad.

Si quieres que tu hijo lea, no le compres libros; lee y los pedirá. Si quieres que respete la naturaleza, planta un árbol con él y riégalo, sabiendo que un día será la sombra, el alimento, el calor y el refugio de otros. Si quieres que coma sano, deja de fumar, de premiarlo con comida basura, y enséñale de dónde vienen los alimentos, que la leche no sale del tetrabrik. Si quieres que no sea avaricioso, posesivo y comparta, no te regales todos los caprichos que creas merecerte; enséñale que el deseo, el marketing con el que nos adoctrinan, no es el camino para la felicidad.

Si quieres que no camine solo, que no se aísle en el móvil, apaga el tuyo, participa en las asociaciones, en la AMPA del cole y favorece experiencias con los amigos para ver el trio de eclipses, observar flamencos sobre las salinas y dunas de Punta Entinas, bucear entre las praderas de posidonia o recoger plásticos en la playa. Y si no te gusta que limpie lo de los demás, reduce la cantidad de envases que generas o llévalos a reciclar.

Si quieres que sea crítico y autosuficiente, ayúdalo para que aprenda a mirar, que no ver, a su alrededor, a buscar preguntas y, sobre todo, respuestas.

Lo sé, no soy nadie para decirte qué debes hacer, y pensarás que lo que nosotros, la gente pequeña, podamos hacer es insignificante ante los desalmados que manejan a su antojo nuestras vidas. Pero como decía Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

Porque creas en lo que creas, aunque vivas convencido de que eres un rey o una reina que lo merece todo porque lo puede pagar, un día, como hemos aprendido en muy pocos meses, el fuego, la fuerza del agua o un terremoto, pueden hacer desaparecer tu pequeño reino y obligarte a saltar fronteras. En ese momento solo te quedará la confianza y la fuerza de la tribu, la energía que acumulaste en tus músculos, el conocimiento atesorado en tu cerebro y las emociones acurrucadas en tu corazón.

“Padre, están matando la tierra. Deje usted de llorar, que nos han declarado la guerra. Padre, llegaron los desalmados. Asómese y les dice que usted nos tiene a nosotros, que estamos a su lado y no les tenemos miedo.”

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