Rota es Kamchatka

(Moisés S. Palmero Aranda Educador ambiental) Viendo el desconcierto creado por la lista de países a los que Trump ha impuesto nuevos aranceles, me vino a la cabeza la imagen de Ricardo Darín tirando los dados frente a un tablero de Risk, defendiendo durante horas la península de Kamchatka en la película del mismo nombre.

Esa inocente partida, el recuerdo de un niño y el legado susurrado de un padre perseguido y desaparecido por los militares días después del golpe de Estado en Argentina en 1976, se ha convertido en un símbolo, “un lugar donde resistir” ante los horrores y sinrazones que nos depara la vida. En honor a las víctimas de aquella dictadura militar, de las que aún no se sabe la cifra exacta, cada 24 de marzo se celebra allí el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

En aquel año, Argentina, Colombia y Venezuela eran los únicos países sudamericanos que mantenían un gobierno democrático. En el resto, gobernaban, a base de torturas, sangre y terror, regímenes militares impulsados, financiados y auspiciados por los EE.UU., que desde la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría se ha creído con el derecho a dirigir el mundo.

Intentando mantener su hegemonía ante el crecimiento de la economía china, el imperialismo yanqui, vendido como liderazgo y símbolo de paz durante décadas, no ha dudado en hacerlo saltar todo por los aires. Quizá sea solo un órdago, una manera tosca de negociar a base de miedo y de amenazas, pero lo que pone de manifiesto es que si no haces lo que ellos quieren, te conviertes en su enemigo, y que sus palabras están vacías, contaminadas de ego, soberbia y prepotencia.

La estrategia ha generado gran confusión, incertidumbre y descontrol porque las bolsas y empresas americanas están perdiendo millones de dólares, la inflación está disparándose en su territorio, sus ciudadanos están empobreciéndose, la recesión planea sobre todos y sus competidores se han aliado para defenderse de esta locura, que recuerda a Nerón tocando el arpa mientras el corazón de Roma ardía en un fuego provocado por él mismo para construir su nuevo palacio, la Domus Aurea, la Casa de oro. Sí, ya sé, que hay mucha controversia histórica ante ese suceso, pero la sensación es la de un megalómano que solo piensa en sí mismo, en el capital, a costa de lo que sea.

Pase lo que pase en el futuro, que va cambiando de hora en hora desde la Casa Blanca, Trump ha dinamitado la confianza, el liderazgo interesado y rentable y la bula que se le había otorgado a su país. Y yo me alegro. Ya nada volverá a ser como antes. Desenmascarado el diablo, no bastarán las disculpas, el borrón y cuenta nueva, o un “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”, como dicen algunos ladrones, comisionistas, evasores de impuestos, con cuentas en paraísos fiscales, puteros, cazadores de elefantes, autoexiliados en monarquías autoritarias y ahora matones que amedrentan con denunciar a todo el que diga la verdad sobre su gran mentira profesional.

Es el momento adecuado de desligarse del imperialismo yanqui, promotor de guerras para vender su armamento, cómplice de genocidas, conquistadores y colonizadores, censor salvador del honor, violador de los Derechos Humanos, ecocida, adorador del capital y padre del neoliberalismo que nos tiene esclavizados, sodomizados y domesticados.

Tenemos la oportunidad de crear una Organización de las Naciones Unidas sin derecho a veto y con capacidad de tomar decisiones que beneficien al planeta, a la humanidad, que acaben con las guerras, con el rearme continuo, con la destrucción sistémica y sistemática del medio ambiente, con el hambre, las desigualdades sociales y el robo permanente de los recursos naturales de los países del tercer mundo.

Este fin de semana se ha celebrado la 37ª edición de la Marcha a Rota contra las bases y la OTAN. Una manifestación ciudadana, popular, que ha resistido el paso del tiempo para proteger sus cánticos, sus reivindicaciones, que, lejos de ser lamentos utópicos, gastados y trasnochados de un puñado de desarrapados, han resultado ser profecías certeras.

Rota es Kamchatka, un lugar donde resistir y desde donde comenzar la revolución, porque si no la hacemos, nos harán desaparecer, enterrados en una cuneta o arrojados desde un avión al mar, o nos veremos sujetando un fusil para matar al vecino, al amigo, a la familia, porque alguien, desde su casa de oro, te habrá convencido de que es la única manera de sobrevivir.

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