Uclés y las entrañas

(Por Moisés Palmero Aranda Educador Ambiental) No he podido abstraerme de la polémica suscitada a raíz de la renuncia pública de David Uclés a participar en unas jornadas sobre la Guerra Civil por ir en el mismo cartel que Aznar y Espinosa de los Monteros. Reducir todo, después de tantos debates paralelos, con esta introducción, puede ser simplista, pero fue el único momento en el que estuve en desacuerdo con el escritor.

Tras saltar la noticia, pensé que el éxito cosechado por su libro “La península de las casas vacías” se le había subido a la cabeza, que era una pose publicitaria de escritor comprometido y que era poco inteligente y democrático renunciar a debatir con alguien que no piensa igual que tú.

Sin embargo, días después, tras una experiencia personal, lo comprendí y me ha hecho pensar en qué será ahora de él, después de ganarse un ejército de enemigos rencorosos y con mucho poder. Y no lo digo por Pérez Reverte y Jesús Vigorra, que me han defraudado porque parece que no son tan libres como pregonan, sino por los interpelados en su renuncia, que vienen a sumarse a Ayuso, y que han permanecido en silencio, escondidos en las sombras moviendo sus hilos, cobrando viejos favores y arengando a sus vasallos y secuaces para ejecutar su venganza, que, estoy seguro, llegará, porque Uclés ya está viendo sombras donde antes había colores.

Hace unos días, preparando una actividad a la que he sido invitado como actor secundario, por lo que soy totalmente prescindible, nombraron de pasada, casi por casualidad, tal como me lo confirmó la persona que lo hizo, a un personaje como posible colaborador. Aunque en la reunión no dije nada porque entendí que no era el momento, mi reacción fue instantánea, visceral, nacida de las entrañas, y en apenas unas milésimas de segundo, supe que si él participaba, aunque fuese de manera indirecta, yo no lo haría.

Esa reacción me creó un sentimiento de culpa por ser tan intransigente, orgulloso y poco razonable al olvidarme del bonito y educativo objetivo que allí nos unía, pero hay cosas que uno no puede ni quiere hacer un mínimo esfuerzo por controlar. He dudado de si merecía la pena contar esta debilidad, pero al final he decidido que no tengo por qué avergonzarme al entender que hay líneas que no estoy dispuesto a cruzar ni por todo el oro del mundo y que siempre habrá mil maneras diferentes para alcanzar los objetivos sin traicionarte a ti mismo.

Lo que sí me voy a ahorrar es decir su nombre porque hay caminos, como decía el poeta, que es mejor no volver a pisar cuando sabes que no te llevan a ninguna parte. Debería hacerlo, porque, por desgracia, por mi manía de decir lo que pienso, hay más de uno que se sentirá aludido y ofendido, aunque, para ser sinceros, estos ni me leerán y, si terminan haciéndolo, es porque alguno de sus acólitos se lo habrá contado. Estos son los que más tristeza dan, pero son los menos peligrosos. Y ahí es donde quería llegar, a las consecuencias que yo creo le esperan a Uclés.

Él ya las sabe, y con la sinceridad, honestidad, naturalidad e inconsciencia con la que se expresa, ya las ha puesto sobre la mesa, afirmando que todo esto le está superando, que sin arrepentirse de las cosas que ha dicho, sí duda de si debería haberlo hecho en público, y que el tiempo dirá, y lo tiene asumido, si lo cancelarán, lo vetarán y pasará a un segundo o tercer plano. Confía en su trabajo y en el criterio de los lectores, en los que sabe está depositado su futuro.

Por desgracia, en la industria literaria (y en la vida), el talento puede abrirte las puertas y conseguir coronar la cumbre, pero una vez que entras en el engranaje del sistema, debes someterte a él para no caer. Esto implica morderte la lengua y tener claro las manos que nunca has de morder, unas porque son las que te dan de comer y que en un momento dado pueden mirar para otro lado si el beneficio es suculento, y otras porque son las que dan de comer a los que te alimentan, y a estas el beneficio les importa poco, y son capaces de cualquier cosa por mantenerse en el poder, incluido dar un golpe de Estado, provocar una guerra civil, sustentar con represalias una dictadura durante cuarenta años e intentar blanquear los asesinatos de sus abuelos con unas jornadas en las que se presentan como víctimas. Mandar despellejar, humillar y ningunear a un simple escritor es peccata minuta. Qué tiempos aquellos, añorarán, cuando podían llevarlos de paseo nocturno por el camino entre Víznar y Alfacar.

David Uclés nos ha puesto de manifiesto, por si había alguna duda, que las dos Españas están más calientes que nunca, y que, a pesar de los costes personales, es mejor luchar contra el fascismo, encarnado en sus beneficiados herederos, ahora que se puede, desde las entrañas, con la palabra y gestos cargados de simbolismo y determinación, que desde la sinrazón de las armas, cuando te empujen y te veas obligado a matar a tu vecino para evitar que te mate.

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