Destacado por solidario

(Moisés S. Palmero Aranda Educador ambiental) Entre contarles un cuento o cantarles al ritmo de Rubén Blades la moraleja que un borracho entona «desafinao» después de encontrar los cuerpos del matón de esquinas Pedro Navajas y la prostituta a la que iba a matar y le dio muerte, opto, por mi naturaleza fantasiosa, por la primera opción, pero dejaré la pegadiza salsa como banda sonora y un eco vital que vertebra esta historia: la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

Después de muchas llamadas, quebraderos de cabeza y de renunciar a A-rrimar las sillas en Valdepeñas de Jaén para contar junto a la cascada, conseguí cuadrar la agenda para aprovechar las oportunidades y, como la hormiga, llenar la despensa para el invierno. El día que más costó fue el viernes 11, pero al final lo hice.

Por la mañana tenía que estar en el Centro de Interpretación de Punta Entinas haciendo un taller infantil de astronomía. Por la tarde, en la playa con los amigos de AWA en la Semana de la posidonia, y por la noche en el barco pirata para admirar la luna llena del ciervo desde el mar. Todo medido y cronometrado al segundo, sin margen para el error, un despiste o un contratiempo. Pero la vida no es como la planeas y, como el agua, sigue su camino, meciéndonos o arrastrándonos cuándo, cómo y por dónde quiere.

La primera sorpresa fue la llamada del presidente de la Junta Local para anunciarme que habían pensado en mí como uno de los «Destacados de Almerimar». Reconocimientos que, en su VII edición, se entregaron en la verbena donde se leyó el pregón e inauguraban las fiestas en honor a la Virgen del Carmen. La segunda sorpresa, esta negativa, fue saber que no podría asistir a recogerlo porque coincidía con el intenso día que tenía programado y no admitía cambios. Una pena, porque quería ir.

Me hacía mucha ilusión el motivo por el que mis vecinos habían pensado en mí. Aunque la educación ambiental, la conservación de la naturaleza, la difusión de los espacios naturales del municipio, la participación y la colaboración estaban de trasfondo, lo hicieron por mi solidaridad. Las palabras que me dedicaron me emocionaron, y si no las repito es por rubor y porque no tengo muy claro que sea merecedor de ellas. Pero estoy enormemente agradecido por el gesto, su dedicatoria y a los caprichos del destino, el azar, los astros, los dioses, la magia o las fuerzas de la naturaleza por regalarme la tercera gran sorpresa desbaratando mi agenda con un simple soplido.

No sé si fue Eolo jugando con la Rosa de los vientos o la Virgen del Carmen, patrona de la gente de la mar, pero el viento de levante roló suavemente durante la semana para empezar a anunciarse como un gran poniente para el viernes tarde y todo el sábado.

Ese cambio de vientos que dejaba atracados los barcos al puerto y a mi refugiado a reguardo me hizo perder un taller y tres travesías para ver delfines, la luna llena y la posidonia, pero me empujó a la Plaza del Tiburón, donde compartí, con los demás destacados, un emotivo momento que guardaré en el recuerdo para cuando los vientos no sean tan favorables y me alejen de mi Ítaca particular como le pasó a Ulises porque sus curiosos, desobedientes y codiciosos marineros abrieron el odre de los vientos desfavorables que le regaló Eolo.

Cierro este cuento con un epílogo más literario que real, porque, aunque no sucedió así, así lo contaré a quien quiera escucharlo en un futuro. No crean que lo hago para evitar reconocer que, por el cansancio acumulado, me acosté después de una cena frugal, sino porque en el fondo pienso que un halo de misterio, que unos llamarán milagro, otros coincidencia, casualidad, fortuna o ciencia meteorológica, hila todo lo sucedido. Además, ya que estamos con salsa, lo de añadir un poquito de «asúcar» a las vivencias no es algo que haya inventado yo.

El caso es que cuando llegué a casa, con la luna llena del ciervo grabada en mi retina, con el pelo alborotado por el poniente, con el corazón henchido de orgullo, el ego elevándome del suelo y sintiéndome poderoso porque la verbena abrió con Melody, brindé con una cerveza fresquita. Cuando iba a tomarme la segunda, una nota de voz, la cuarta sorpresa, que yo no había grabado ni programado, sonó en el móvil. Con un hilo de voz apenas audible que parecía venir del más allá, alguien me susurró varias veces, «Memento mori». Tras varios segundos paralizado en silencio, el audio continuó, ya más de acá, con un poco de salsa, para recordarme que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Agradecido.

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