(Por Moisés S. Palmero Aranda Educador Ambiental) Me he levantado sin ganas de elegir. No sé si es por el cansancio de las decisiones intrascendentes, pero conscientes, que tomé ayer, por el síndrome posvacacional, la consiguiente vuelta a la rutina o por el aburrimiento de estar dándole vueltas a las mismas cosas. Sea por lo que sea, me siento incapaz de decidir sobre qué escribir esta tercera semana de septiembre.
Los psicólogos dicen que tomamos en torno a 35.000 decisiones al día y solo unas cien son conscientes y requieren esfuerzo mental. El resto están automatizadas, para gastar menos energía, no estresarnos y poder avanzar.
Dicen también que, por el exceso de información, las decisiones se acumulan y la vida se nos complica con el estrés, la ansiedad, la insatisfacción, la decepción y el arrepentimiento, entre otros muchos problemas mentales. A esto también le han puesto nombre: la paradoja de la elección. A más libertad de elegir, cuantas más opciones tenemos, menos felices somos, porque nos bloqueamos, frustramos y vivimos con la sensación de errar en la elección.
Nos pasamos la vida entretenidos eligiendo cosas superfluas, con la exigencia social de no fallar, pero lo importante no nos dejan decidirlo, porque nuestro voto solo sirve para cambiar las marionetas, pero no los titiriteros que están fuera de nuestro alcance y de nuestro país. Por eso entiendo a esa parte de la juventud cada vez más creciente, incluida la alemana, que vota a la ultraderecha.
Criados en libertad para elegir su camino, se sienten más perdidos, presionados y amenazados que nunca. Les dieron todos los derechos y la libertad de poder elegir, pero no las herramientas sociales y económicas, ni los criterios, los valores, la disciplina y el raciocinio para hacerlo por el bien común. Los estamos volviendo locos con nuestras contradicciones, dudas, miedos, traumas y la adoración del dinero, y, por eso, muchos recurren a quien les promete ordenar su caos, aunque sea a costa de sacrificar la libertad.
Creo que no es una buena elección, pero a veces pienso que los jóvenes que se acercan al fascismo intentan hacer la revolución que hicieron nuestros padres y abuelos en las calles. Luchan con las herramientas que tienen contra el sistema que les ha robado la esperanza. Sin casas donde vivir, los precios de los alimentos y los combustibles disparados, las clases sociales más diferenciadas y los trabajos y sueldos cada vez más precarios e insuficientes a pesar de su mejor preparación. Lo mismo, pero en dirección contraria, por lo que se han armado todas las revoluciones a lo largo de la historia: pan, vivienda, educación, sanidad, trabajo y derechos sociales.
Creen estar destruyendo el sistema que los arrodilla cuando lo están alimentando y prefieren, como nosotros, morir de pie. No piensan a dónde les llevará su lucha, ni cómo construirán el futuro, ni en manos de quién quedarán, ni la sangre que se derramará de por medio; solo quieren acabar con la tiranía de un sistema que les ofrece ponerles el mundo al alcance de su mano, pero que les niega las herramientas para conseguirlo y vivir dignamente.
Cada día veo el futuro más oscuro y estoy más convencido de que hace falta una gran revolución, pero no esta a la que nos están empujando. Por eso hoy, sin saber cuáles son las posibles soluciones, elijo no elegir el camino del fascismo que promete a los jóvenes volver a levantarse para no vivir arrodillados, porque los volverá a postrar para que besen sus botas. Y, sin pretenderlo, elegí sobre qué escribir.

