Mi nido para vencejos llamado Libertad

(Por Moisés Palmero Aranda Educador Ambiental) Por culpa del cambio climático, cada vez llegan antes de África y se marchan más tarde; llegará un día en que se queden para siempre o que no vuelvan nunca más. Llevaba varios días viéndolos al atardecer desde mi balcón, hendiendo el aire en círculos a velocidades de vértigo, chirriando de forma ensordecedora, buscando su viejo hogar si es que aún perdura o, lo más difícil en estas construcciones modernas, un nuevo rincón donde anidar; como la algarabía de los emigrantes que vuelven en verano a los pueblos, cada vez más vacíos, que los vieron nacer.

Hace un mes, me encontré uno tirado en la calle, con las alas abiertas y esa silueta inconfundible en forma de hoz. Nada más cogerlo, sus garras apretaron con fuerza uno de mis dedos y, después de varios intentos, conseguí que se relajase un poco y replegase las alas. Los llaman “los sin pies” porque tienen las patas muy cortas, ya que se apoyan muy poco en ellas y se pasan casi toda su vida volando, incluso para dormir, comer o aparearse. Por eso la gente cree que solo necesita un pequeño impulso para echar a volar, pero eso hay que borrarlo de la memoria colectiva.

Hay que llamar al 112 y ellos llamarán, en Almería, a SOS Remontando el vuelo, una asociación sin ánimo de lucro que, de forma voluntaria y altruista, se dedica a cuidar a los pollos que, debido a las olas de calor, saltan del nido buscando aire fresco, agua o comida, o por accidentes en sus primeros vuelos. El año pasado atendieron a casi 800 aves, la mayoría vencejos, y en menor medida golondrinas y aviones (las tres mosquiteras) y otras especies que les llegan de forma esporádica. Lo hacen pagando de su bolsillo lo que deberían cubrir las administraciones, porque están protegidas, incluidos sus nidos ocupados o vacíos, por leyes nacionales y europeas especiales debido a su altísimo valor ecológico en el control de plagas y su declive poblacional.

Se estima que comen unos 55 kg de insectos al año, a razón de unos 1.000 diarios y, cuando alimentan a las crías, en cada bolo alimenticio, unos 9 o 10 al día, se encuentran entre 300 y 800 mosquitos. Cuando están en recuperación, la alimentación natural se sustituye por los carísimos tenebrios, a lo que hay que sumar el traslado, las curas y el tiempo que les dedican. Una cantidad significativa para los voluntarios, pero irrisoria para las administraciones que están obligadas a hacerlo. Quizá habría que dedicarle menos dinero a las colonias de gatos que generan tantos problemas a los ecosistemas urbanos y más a estas especies. Bueno, mejor se lo restamos a las legales comilonas oficiales y a los ilegales vicios extraoficiales.

Aquel vencejo no salió adelante porque tenía varios golpes, y en su recuerdo decidí construir un nido que este puente de mayo he colocado en mi balcón. Lo he llamado Libertad, en honor al velero de Perales y a los 58 que conformaban la flotilla de la Paz que llevaba ayuda humanitaria para Gaza, y que ha vuelto a ser interceptada por el genocida Estado de Israel, que entre matanza y matanza, tiene tiempo para protestar porque en El Burgo, un pueblo malagueño de unos 2000 habitantes (lo que ellos matan en un día), quemaron un muñeco del asesino Netanyahu en su tradicional Quema del Judas.

Ha sido casualidad, pero su colocación ha coincidido con la pegada de carteles del inicio de la campaña electoral; y, como ellos, el nido se ha convertido en el símbolo de mi intención de voto que, al fin y al cabo, sería la de los vencejos si pudiesen votar.

Ignoraré sus promesas y sonrisas y votaré a los que defienden de verdad la España vaciada, a los que apuestan por mitigar los efectos del aumento de temperatura en el planeta, a los que respetan y valoran los beneficios de la inmigración, a los que fomentan y protegen el asociacionismo y creen en la fuerza de la sociedad civil, a los que hacen cumplir las leyes ambientales y saben de la importancia de la naturaleza para nuestro desarrollo, a los que trabajan por una vivienda digna y no para beneficiar a los fondos buitre que especulan con ella, a los que antes de tirar un edificio o cortar un árbol respetan la época de reproducción y naturalizan las ciudades y las hacen habitables para todos, a los que claman contra los genocidas y asesinos por muy amigos que hayan sido, a los que defienden la ayuda humanitaria para los gazatíes y a los que no se han dejado corromper.

Ahora solo hace falta que lo ocupen y transformen una caja de madera vacía en un hogar, en un verdadero nido, en un voto útil, porque dicen que tener uno en casa es símbolo de buena suerte, prosperidad, paz y protección del hogar. A ver si es verdad.

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