Regañina por el debate de la alimentación

(Por Moisés Palmero Aranda Educador Ambiental) Me han regañado por darle voz en mis colaboraciones televisivas a una maestra todoterreno de la pública (la libre, la gratuita de calidad e infrafinanciada) que desde hace años organiza, dedicando altruistamente su tiempo de ocio y vida privada, unas jornadas de agroecología en los centros en los que ha estado y en las que hemos colaborado desde el principio porque el proyecto es una pasada y mezcla literatura infantil, educación ambiental, filosofía, agricultura y sostenibilidad, entre otros muchos valores.

La regañina venía porque, entre todos los colaboradores de esas maravillosas jornadas, aparecen multinacionales que se forran gracias a la fabricación de inputs para la agroindustria, y que utilizan este tipo de publicidad para blanquear el modelo que nos está llevando al desastre planetario y está a años luz, por mucho greenwashing que hagan, de los criterios ambientales, de salud, justicia social y dignificación del campesino que defiende la agroecología.

Decir este tipo de cosas en Almería, donde vivimos de la agricultura intensiva, implica tener que defenderme justificando que estos comentarios no son un ataque gratuito y frontal a los invernaderos, sino que es una crítica constructiva para intentar encontrar ese equilibrio necesario entre hombre y naturaleza, entre economía y conservación, entre la realidad y la utopía. Que señalar los impactos, los déficits, el vasallaje a estas empresas y al mercado y las previsiones insostenibles a futuro que se hacen no es olvidar, ignorar, infravalorar o ningunear todo el camino que se ha recorrido a lo largo de estos 60 años. Así que, por no perder más tiempo y espacio, sigo por donde iba.

Me decían que, si las jornadas se llamasen agricultura ecológica, podrían tener un pase, porque los términos agricultura y ecológico, y más cuando van juntos, en la mayoría de las ocasiones se han ido adaptando, prostituyendo, a los nuevos tiempos que corren y se han pintado de verde para engañar a la gran masa.

Estoy totalmente de acuerdo. Sin embargo, como conozco a la profe, las jornadas, el proyecto, cómo y dónde nació, las dificultades para hacerlo crecer poco a poco, lo complicado que es sacarlas adelante y los contenidos que se imparten pensando solo en los alumnos, los logos me dan un poco igual. Otra cosa es cuando estas mismas empresas, que lo hacen, y a lo grande, se pasan por los colegios a mostrarles a los niños lo que ellos llaman agricultura con sus transgénicos, incluidos insectos, sus agrotóxicos como el glifosato y sus plaguicidas que matan todo bicho viviente, también polinizadores, y van destruyendo la biodiversidad y el suelo, acabando con su fertilidad a largo plazo y provocándonos una larga lista de enfermedades.

Hablan de acabar con el hambre en el mundo, de ofrecer hortalizas y frutas de calidad, cuando lo que buscan es monopolizar el mercado y a la población, controlando las semillas que modifican a su antojo para someter a los agricultores que van a necesitar de por vida sus fitosanitarios para controlar las plagas que se generan por no proteger el suelo, arrasar con las mal denominadas malas hierbas y por potenciar grandes hectáreas de monocultivos donde las plagas campan a sus anchas.

Pero estas grandes empresas, representantes del despiadado e inhumano capitalismo, también contaminan con sus ungüentos y brebajes la carne que llega a nuestras mesas proveniente de las macrogranjas, como las que los vecinos de Huércal Overa llevan meses denunciando por los malos olores y la contaminación del agua y la naturaleza, e incluso, a pesar de los mataderos y carnicerías halal, a los corderos con los que esta semana celebrarán nuestros vecinos musulmanes. Al final, ya verán, me meto en conflicto cultural y religioso, y para nada es mi intención.

Aunque la gente es cada vez más consciente de todo esto y se preocupa más por lo que come, es tanta la publicidad engañosa, pensada para confundirnos, con términos inventados, medias verdades e información sesgada, maquillada y malintencionada que cuando llegas al supermercado te haces un lío y terminas comprando lo que el influencer, que no tiene ni idea y forma parte de ese despiadado marketing, te recomienda: comida precocinada de ínfima calidad, alejada de los productos frescos, de cercanía, embolsada y diseñada no para alimentarte, sino para que comas rápido, trabajes, produzcas, enfermes y tengas que tomarte las medicinas que, curiosamente, fabrican las mismas multinacionales que nos envenenan con la agroindustria.

En fin, que para terminar, suena en mi cabeza Objetivo Birmania, con su ¡uh, vaya lío!, con la diferencia, para que no haya ninguna duda, de que los amigos de mis amigos no son mis amigos.

Por cierto, para aclarar, generar debate y desliar un poco toda esta madeja, este fin de semana se celebra en Almócita el XI Ecoencuentro, este sí agroecológico, y en Huércal de Almería, el Huércal Vegan Market. Dos eventos donde se mezcla la diversión con mucha información y conocimiento ancestral para darle sentido al término soberanía alimentaria.

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