Linterna Verde y las ferias del libro

(Moisés S. Palmero Aranda,  Educador ambiental) Tengo la firme voluntad de recuperar la ilusión por las ferias del libro, y como dice Linterna Verde, la voluntad es más fuerte que el miedo. Vaya manera de comenzar tan poco creíble. Con la de filósofos que hablaron de la voluntad y el libre albedrío, y yo recurro a un superhéroe que es elegido por un anillo extraterrestre para defender el universo. Pero qué narices, los comics, el cine y los videojuegos son los que marcan el pensamiento, el rumbo, de la sociedad.  La fuerza por encima de la razón. En realidad siempre lo han hecho y por eso Hércules, Perseo y Orión brillan, convertidos en constelaciones, sobre nuestras cabezas y sobreviven a las guerras, cataclismos, y cambios de pensamiento que suceden a ras del suelo.

Pero a lo que vamos, que no quiero yo ahora enemistarme también con los filósofos, cuando en realidad les tengo un gran respeto y admiración, porque creo que cada uno de nosotros llevamos uno dentro y es al que tenemos que dejar salir para que nos haga dudar de todo, nos ayude a edificar críticas constructivas y nos muestre nuevos senderos por los que discurrir. Aunque me da, que para mi nuevo propósito, lo primero que debo hacer es impedir que el filósofo que patalea en mis entrañas hable por mí. Quizás, si logro reconducirlo hasta mi lóbulo frontal, que se encarga del razonamiento y la creatividad, pueda dejarlo expresarse sin que me meta en líos.

Ese es el principal miedo que debo superar, el autocensurarme para evitar que un concejal me vete la entrada a su castillo, que editores que solo miran su ombligo y su cartera me amenacen con mandarme un abogado, que gestores culturales subrayen tu nombre en rojo o que los palmeros, secuaces y amiguitos de los ofendidos, se ofendan para no contrariar al dueño que les lanza el caramelito y ante el que mueven el rabo para tenerlo contento.

Si consigo engañarme diciéndome que no hablar, mirar para otro lado, aplaudir los errores, sonreír al que permite que la censura presida un evento que ensalza la cultura, no es castigarme, habré superado una de las grandes dificultades para recuperar la ilusión por la literatura, por el mundo del libro en general, y las ferias como una de sus mayores expresiones. Y lo haré, Linterna Verde me ha marcado el camino, aunque no sé cuándo lo conseguiré porque la tarea es titánica y puede que necesite dos o tres vidas para lograrlo.

Confío que recurrir al superhéroe no les haga dudar de mi propósito, o se tomen a chufla lo que estoy diciendo, o piensen que me abro a ustedes con ironía para repetir lo que llevo diciendo años. Para que vean que voy en serio, he decidido no ir a ninguna feria del libro, de esa manera no tendré nada que discutir, ni me sentiré en la obligación de opinar, ni me dejaré llevar por cantos de sirenas que solo quieren hacerme naufragar.

Renuncio a publicitar en mis redes que se podrán llevar mis cuentos firmados en una de las casetas de las librerías amigas, a pasear entre ellas con el pecho ungido de orgullo, a vanagloriar mis creaciones como si hubiese inventado la literatura, a esperar paciente un minuto de gloria para hablar de mi libro, firmar un ejemplar y colgar la foto como una medalla, o a deslizar, como el que no quiere la cosa, que estoy trabajando con mi editora en un nuevo proyecto que será la bomba.

Ya sé que les da igual, y pensarán que no se notará mi ausencia, ni nadie me echará de menos, incluso, estoy seguro, de que algunos aplaudirán mi gesto y lanzarán una sonrisa mientras susurran “tanta paz lleves, como descanso dejas”, pero lo hago como gesto de buena voluntad, de redimir mis pecados, de recuperar la ilusión, las ganas de escribir.

Hacen bien en no creerme, y yo mal en confesarlo, pero el filósofo bocachanclas de mis entrañas me pregunta por qué no se puede decir que en las ferias de libro hay vetos, censuras, que el amiguismo está por encima del ingenio, de la novedad, del sentido común, por qué el negocio, el espectáculo, somete a la literatura y a la cultura, por qué no se cambia de asesores, expertos o enchufados que repiten una y otra vez el mismo modelo, por qué no se pide opinión, participación, colaboración, a la gente que quiere hacerlo, por qué …

Ante tantos porqués, para los que no tengo respuestas ni justificaciones, y con la confianza de recuperar la ilusión, lo miro orgulloso, cansado y resignado mientras preparo la cicuta que borrará su voz, sus preguntas para siempre, Al Alba, admirado Aute, recordando, sin valor para reconocérselo, aquel parte firmado un primero de abril del 39, que con un “cautivo y desarmado” daba por terminada una guerra, y nos sumía en cuarenta años de oscuridad. Si Linterna Verde se equivoca, estoy perdido.

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